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Opinión

La solución a las pensiones es más sencilla de lo que dicen

Manuel López Torrents

Manuel López Torrents, Director general de ‘Estrategias de Inversión’

Todos los días salen políticos y tertulianos (oh, las tertulias, ese ecosistema supremo del saber donde lo mismo se pontifica sobre volcanes que de pandemias o soluciones energéticas), con proclamas para que se sienten los interlocutores sociales (otra entelequia) y propinen una nueva patada a seguir para la previsión pública. O sea, las pensiones. Un grito al Pacto de Toledo, compuesto por cuatro politicastros, que lo va a arreglar todo. (Por cierto, su presidenta es una diputada valenciana, diplomada en enfermería. Al menos tiene algún título).

Pero la solución es bastante simple. Solución que, por cierto, serviría también para sanear las cuentas públicas y arreglar en bastante medida la cuestión migratoria. Se trata de llegar a un país con 26-28 millones de cotizantes. Una animalada, dirán algunos… pero no: se puede lograr con políticas de crecimiento. Justo lo contrario a lo que se está haciendo en todo el mundo.

Por ponerlo en contexto: España tiene ahora alrededor de 20 millones de empleados, cifra que es récord histórico, o se le acerca. A su vez, tiene un paro del orden del 13%-14%, con más de tres millones de parados, que se antojan estructurales. No pretendo clavar las cifras al dedillo, se trata de una foto gruesa.

Debemos recuperar el espíritu de 1995-2007, con el que España incrementó su población en unos 5 millones de personas, gracias al crecimiento económico. Ese incremento poblacional llegó íntegramente a través de la inmigración, ya que, por desgracia, nuestro país tiene un problema de natalidad negativa.

El despegue económico integró a personas de Latinoamérica, Europa del Este o África sin el menor problema. Vinieron ciudadanos del mundo, al calor de un contrato de trabajo, para forjarse una vida mejor. España, que es un país de acogida, los recibió con los brazos abiertos.

¿Por qué ocurrió eso? Muy sencillo: había una clase media numerosa a la que se bajó los impuestos y la economía se puso como una moto. Se privatizaron grandes empresas, en una operación de ‘capitalismo popular’ que supuso una enorme transferencia de riqueza financiera del sector público al privado. Se superaron ampliamente los 40 millones de habitantes, hasta superarse los 45 en 2005-2007. En esos años, había pleno empleo técnico ya que, aunque la tasa de paro era del 7%-8%, también había una gran bolsa de empleo no declarado. Ah, y se aprovechó para crear la Hucha de las Pensiones, hoy ya vaciada.

Se hablaba de un 20% de economía sumergida. Curioso: una enorme cuota de mercado laboral en la que el estado no metía las zarpas se traducía en crecimiento exponencial para el país. Llegó a ser burbuja. Ojo: ese empleo no escapaba del circuito fiscal: entraba en él gracias a todo tipo de impuestos directos e indirectos, especialmente el IVA. No se declararía en algunas facturas, pero luego el que cobraba en negro, iba a El Corte Inglés con su dinerito fresquito y vaya si cotizaba. Nada escapa a Hacienda.

Alucino que desde Bruselas no vayan las recomendaciones en ese sentido. Tenemos una oportunidad: el Banco Central Europeo (BCE) está corriendo con la financiación de los estados, comprándoles la deuda pública. A cambio, deberían pedir a los estados planes de estímulo fiscal, no de austeridad y subidas de impuestos.

Los políticos saben de sobra que sólo con bajadas de impuestos llega el crecimiento. En primer lugar, a las empresas, para que aborden inversiones y generen empleo. En segundo lugar, a los ciudadanos, para que consuman y ahorren más. ¿Cómo es posible que toleremos un IVA del 21%?

Lo que ocurre es que la politocracia no está por eso. La consigna es el ‘deeper state’: más política, menos sociedad. Subir impuestos a cambio de garantías sociales es una manera discreta de restar soberanía a la gente, al quitarles capacidad de decisión, que es transferida a los políticos.

Los actuales políticos piensan y deciden por nosotros, porque saben lo que nos conviene y no están aquí  para administrar un presupuesto público bajo nuestra supervisión, sino para regir nuestros destinos desde sus alturas.

Por eso nos enredan con discursos vacíos de inclusividad, sostenibilidad, Netflix en catalán, anuncios sin azúcar, emergencias climáticas o un número infinito de géneros, mientras se evitan dos temas: el crecimiento económico y el desbocado precio de las materias primas energéticas, todas ellas en manos de regímenes totalitarios. De ambas cosas, ni pío.

Pongamos un objetivo de más de 25 millones de cotizantes. Sacando a toda la gente del paro, incrementando la natalidad e incorporando inmigrantes a trabajar (que el empleo es la base de la dignidad de la persona), no a recibir subsidios.

Ahí se arreglará el problema de las pensiones, así como el del gasto público. Pero eso pasa por que la politocracia ceda parcelas de poder. Algo a lo que no parecen dispuestas ni las izquierdas, ni las derechas. Ni España, ni Europa, ni EE UU.

Tengamos claro que lo social no es más estado. Es más sociedad. Y eso pasa por crecimiento económico.

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